Humanizar Chile - El cambio

HUMANIZAR A CHILE, El CAMBIO.

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“EL CAMBIO”.

La variable permanente y más estable. 

La concertación social, como herramienta clave para la estabilidad de la democracia y de la economía social de mercado, reclama de otro elemento tremendamente globalizador y dinámico que debemos asumir: se trata de «el cambio».

El cambio se ha incorporado, en el último siglo, como una variable que aumenta la complejidad de la vida, sobre todo para quienes tienen la responsabilidad de regular el acontecer social y para quienes lideran empresas, comunidades y organizaciones intermedias.

El acontecer social fue, hasta la mitad del siglo pasado, movido por un ritmo de cambios que era absorbido, podríamos decir, con naturalidad por la sociedad. Desde ahí -y hasta nuestros días-, la dinámica del cambio ha ido cobrando una aceleración y velocidad tan vertiginosa que transforma a este fenómeno en la variable más difícil de controlar -o de asumir- por los actores sociales cuando se busca proyectar, al menos en un mediano plazo, condiciones de estabilidad y de justicia en las regulaciones de la sociedad. La causa última de este cambio que, ya, a pocos asombra, que hace perder la capacidad de asombro a otros y que, al mismo tiempo, crea incertidumbre, la podemos encontrar, sin duda, en el avance científico y tecnológico. Pero no es ésta la instancia de ahondar en las causas del cambio, sino la de buscar formas de convivir con él y de asumirlo.

La incorporación o la asunción del cambio por todos los actores sociales, como la constante más «estable» del mundo de hoy y de mañana, es un elemento que acrecienta las posibilidades de proyectar con fuerza la concertación social y la ampliación de sus límites.

Comprender que el cambio es una variable permanente no resulta tan complejo, porque es la realidad que estamos viviendo -o «nos está viviendo» sin dejarnos vivir- todos los días. Estar dispuesto a transformar la incertidumbre que todo cambio acarrea en una certidumbre ineludible del acontecer requiere, antes que nada, un ejercicio de adaptación: un cambio de actitud personal y colectiva que debe ser impulsado, especialmente, por los líderes de los grupos humanos mediante -entre otros muchos esfuerzos-  la anticipación de las certidumbres que los cambios traerán como consecuencia, de manera tal de facilitar que sean asumidos. No basta, solamente, predicar la inevitabilidad del cambio para vencer las incertidumbres que conlleva. Es necesario poder transmitir la «realidad virtual de todo cambio» para que las personas adquieran cierta seguridad y certidumbre ante las nuevas condiciones que se vivirán.

La globalización y los intereses individuales o de grupos.

Desde otra perspectiva, el cambio de actitud que se postula, plantea, también, resolver la siguiente disyuntiva: Por una parte, debemos aceptar como un hecho indiscutible que los intereses individuales y de grupos son, cada día, más dependientes unos de otros. Y, por la otra, debemos despojarnos de esa especie de sentimiento, tan arraigado en los distintos grupos de interés, que se expresa en algo como «el camino propio» o «el resolver -o que nos resuelvan-, primero, nuestro problema».

Gran parte de los conflictos sociales de hoy día tienen, sin duda, su raíz profunda en este punto. En este sentido, el gran dilema del presente, tanto de las personas, de las empresas, de las instituciones, de las comunidades, de los países y, también, de los gobiernos es -más que dar con la teoría o el modelo- dar el paso que permita asumir que la transformación permanente y la globalización de la sociedad son un hecho común a todos y que, precisamente, por eso, la satisfacción de los intereses individuales y de grupo son, cada vez, más interdependientes.

La interdependencia de los intereses de grupo se manifiesta de modo patente en todas las actividades del acontecer actual. Y debe sumarse a ella un factor de complejidad: su necesaria compatibilización con los intereses generales de la sociedad.

Por ejemplo, en la Empresa.

A su interior, podemos apreciar los intereses de grupo. Básicamente:

a) de los trabajadores que buscan estabilidad en el empleo, remuneraciones que les permitan satisfacer dignamente sus necesidades y, en algunos casos, satisfacer una vocación profesional; y

b) de los inversionistas que, por decirlo de manera genérica, buscan obtener una utilidad superior al riesgo que corren con su inversión.

A su exterior, podemos distinguir los intereses de carácter social y algunos de carácter particular:

a) del Estado que busca, a través de los impuestos y de normas redistributivas, destinar recursos a actividades sociales como la salud y la educación públicas, planes habitacionales, obras de infraestructura, seguridad ciudadana, cultura, recreación, protección del medio ambiente…

b) de los consumidores que buscan, en síntesis, “bueno, bonito y barato”…

      Claramente, puede apreciarse que la satisfacción de estos intereses que se mueven alrededor de la Empresa son interdependientes y, además, conllevan la complejidad valórica de tener que conjugarlos con “el ajuste de las relaciones de justicia” entre las responsabilidades sociales de Aquélla, materia a la que nos referíamos en un título precedente.

     Así, tendremos que en la Empresa, la estabilidad laboral depende, cada vez más, de su competitividad que de las garantías de inamovilidad que pueda establecer una ley; su competitividad depende, a su vez, del trabajo calificado y de la gestión que mejoren su productividad; de su productividad depende su estabilidad, sus utilidades y la remuneración a trabajadores e inversionistas… Y, por otra parte, su existencia en la economía internacionalizada que vivimos, comienza a depender más que de los cambios tecnológicos y reconversiones que realice para proyectarse competitivamente, también, de la justificación que tenga el producto que genera -o cómo lo genera- frente al deterioro del medio ambiente y el cuidado de los recursos naturales. En fin, la cadena de interdependencia puede seguir largamente, pero deja en evidencia que los intereses de grupo y los intereses sociales que giran en torno a la empresa sólo se podrán satisfacer, si asumimos que “la torta hay que repartirla” y que, probablemente, una justa repartición no alcanzará más allá que la medida de lo posible.

La discución se ha cerrado.

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