HUMANIZAR A CHILE, INVASIÓN DE LA AMORALIDAD

HUMANIZAR A CHILE, INVASIÓN DE LA AMORALIDAD

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INVASIÓN DE LA AMORALIDAD.

Afinar «los desacuerdos en las reglas del juego» y asumir que en el mundo de hoy «los intereses de grupo son, cada vez, más interdependientes», constituyen, según hemos señalado, los elementos básicos para consolidar una concertación más estable. Avanzar en este sentido exige, a su vez, el cumplimiento obvio de tres premisas:

  comprensión de la globalidad y complejidad del acontecer del mundo actual;

  voluntad para entenderse entre los actores sociales; y

  generación de «estados de confianza» para alcanzar entendimientos.

Sin embargo, el cumplimiento de esas premisas es dificultado por diversos factores, cuya raíz común podemos encontrar en la acentuación de una profunda crisis moral que, por una parte, se «entreteje» en diversas esferas y ámbitos del acontecer mundial -a lo que nuestro país no escapa- y, por la otra, se comienza a vislumbrar por algunos como la antesala de una gran crisis de la civilización de nuestros tiempos.

Algunos componentes de esa crisis moral que atentan contra la confianza para el entendimiento y contra la voluntad de entenderse podemos «compendiarlos» en los síntomas que nos hacemos cargo en los puntos que siguen.

La carencia de sentido moral.

El mundo que habitamos y el país en que vivimos se ve, cada día, más invadido por esta verdadera enfermedad social, cuya focalización más corrosiva se aprecia en ciertos estratos dirigentes y «pudientes», teniendo rasgos y características muy especiales. El principal de ellos lo encontramos, con mayor frecuencia, en lo que puede definirse como un»doble standard» en el comportamiento, en una contradicción entre lo que se dice y lo que se hace, en la permisividad o ligereza con que se acepta el uso de cualquier medio para alcanzar un fin…

Casos de amoralidad en nuestra vida cotidiana, son innumerables. Y entre los que más tienden a multiplicarse son aquellos que se alimentan de una verdadera idolatría por el dinero, por obtener la «plata fácil», esa que se logra «sin el sudor de la frente». Típicos ejemplos pueden ser:

a) El concepto de la «coima» por asignar una propuesta es una práctica en explosiva expansión, muchas veces aceptada y considerada como un «plus lícito», si el dinero va a financiar una actividad «loable», porque no va directamente «a mi bolsillo», o, al menos, una parte importante de él. Desde otro punto de vista, ha pasado a constituirse como algo casi normal, porque para alcanzar el objetivo (ganar la propuesta) no cabe otra cosa que «pagar la comisión»… O bien, “ofertar su pago” (para conseguirla), inspirándose en el viejo dogma de la codicia:… “cada hombre tiene su precio”…

b) El «lobby a la chilena». Esto es, el «tráfico de influencias» a través de «gestores» que es, en definitiva, una modalidad más refinada de lograr «los objetivos», porque hay alguien que se encarga del «trabajo sucio»…

c) La triangulación de operaciones. donde el «gestor» se transforma en «palo blanco» o «testaferro», a través del cual se hace posible sacar «técnicamente en forma legal», pero obviamente, en forma simulada, provechos personales.

d) El “hacer un gran negocio”, mediante el abuso de poder, la “ingeniería jurídica” (esa que se cimienta en el límite del Código de Comercio y el Código Penal) o el aprovechamiento personal de una posición o información privilegiada, sea como agente público o privado. Basta observar, en el proceso de privatización realizado durante el Gobierno Militar, quienes “se hicieron ricos” en la venta de las eléctricas; o quienes, en la misma época, obtuvieron cuantiosos créditos de la CORFO y no los pagaron; y, hoy día, operaciones como el llamado “negocio del siglo”… 

La amoralidad es, sin duda, un primer componente de la crisis moral y claro factor que incentiva los estados de desconfianza. Reviste, además, una mayor gravedad que la inmoralidad, porque quien actúa «inmoralmente» tiene conciencia de que lo que está haciendo está mal, pero el que actúa «amoralmente» no tiene esa conciencia que permite distinguir lo bueno de lo malo. Es más fácil que corrija su actuar un «inmoral» que un «amoral». El primero tiene conciencia moral y el segundo no.

La pérdida de la credibilidad.

La encontramos no sólo por la incoherencia entre el discurso y la acción sino que, además, por la carencia de liderazgos auténticos o por liderazgos impuestos «a punta de marketing».

        Es interesante mencionar que la pérdida de credibilidad, también, es influída por la generación de expectativas más allá de las posibilidades de satisfacerlas. Por ejemplo, tanto el gobierno como los empresarios, con el legítimo fin de transmitir los avances y el cumplimiento o la superación de metas, resaltan importantes índices de crecimiento, hacen pronósticos de nuevos avances, muestran indicadores de gran estabilidad económica, destacan una posición privilegiada del país dentro del concierto mundial, proyectan una visión optimista de bienestar general y de grandes progresos en las condiciones de vida… Tales mensajes, generan, por una parte, la imagen de país líder, de país admirado por los demás, de que, como hasta dicen algunos «chauvinistas», somos «tigres» o «jaguares» y, por la otra, alimentan expectativas imposibles de satisfacer para inmensas cantidades de jóvenes que buscan trabajo, aspirando a mejores remuneraciones que las que se les ofrece; para los trabajadores asalariados que se endeudan, esperando soñados incrementos de sus   ingresos, producto de la»bonanza» que se predica; en definitiva, para los chilenos «común y corrientes» a quienes se transmite una imagen de la gran economía que nos pertenece -y de la que debemos enorgullecernos- pero que, a corto andar, terminan percibiéndola como  una economía en que «la ley de la gravedad» funciona al revés: «las cosas caen pa´rriba» y pa’ bajo no cae ni chorrea nada». En los hechos, el mensaje enviado con buena y legítima intención no resulta coherente con la realidad que viven sus receptores, tal vez, porque no hay mesura o el debido cuidado en su transmisión, tal vez, porque no se hace adecuadamente. Cualquiera sea la causa, la generación de expectativas que no se satisfacen alimenta la incredulidad en las clases gobernante y empresarial, porque no se percibe una coherencia entre la verdad que se dice y la realidad que se vive o la realidad que se cree que estamos viviendo.

La “cofradía”.

Su definición más breve puede ser la de: medio para alcanzar el poder y «ejercer poder».

Esta enfermedad socava el sentido de la autoridad y el respeto que se le debe. La cofradía busca el poder para satisfacer los intereses del grupo que la integra, desvirtuando su verdadero ejercicio. La cofradía se encarga, por ejemplo, de liquidar a quien pueda surgir, fuera de ella, como un líder natural: le aparta, lo transforma en un «enemigo» o «especimen peligroso»; si no le logra reclutar, le desprestigia. La cofradía no trepida en poner al frente de una responsabilidad a una persona inidónea o incapaz, siempre que le sea manejable o funcional. La cofradía permite la «negociación» entre iguales. Así, se negocian cargos sin importar la idoneidad de las personas para su ejercicio. Así, se establecen variadas formas «de control» sobre instituciones, entidades u organizaciones intermedias de la sociedad que son desvirtuadas en su esencia misma al ser manipuladas hacia objetivos muy distintos de los que su naturaleza ordena y de aquello que movió a constituirlas. Hay, en ésto, una especie de «leninismo» o «dogmatismo a ultranza» que hace servirse de cualquier medio para alcanzar el codiciado poder sobre ellas, el cual se traduce, muchas veces, en la mera utilización del nombre y su timbre, porque sus miembros se alejan al ver distorcionados los ideales que les movieron a su integración.

La cofradía –o el «maquinismo» o la máquina»–  es, en definitiva, otra de las fuentes que conduce a la amoralidad, a la corrupción y al deteriro social, ya que tiende a «concentrar poder», de manera ilegítima, en manos de quienes buscan la satisfación de intereses personales o del grupo. El ejercicio del poder es legítimo cuando se ejerce para servir a los demás… A todos los demás… Y es ilegítimo cuando se ejerce para servirse de él.

La cofradía, en su esencia, es lo que Voltaire -a él se le atribuye- resumió en la parábola de los infusorios:

«En una gota de agua,

que era su todo,

reuniéronse en junta

tres infusorios.

Y allí acordaron:

que fuera de la gota no había espacio;

que lo que ellos decían era lo cierto; y

que ellos eran los reyes, dueños de todo.

He ahí lo que acordaron

tres infusorios.»

El «consumismo».

Este vicio desnaturaliza la condición humana, al ir provocando un efecto colectivo de querer ser por lo que se tiene y no por lo que se es. Constituye un incentivo clave al “doble standard” en el comportamiento y es otro elemento coadyuvante en la expresión de la crisis moral.

Al vicio o a la enfermedad del consumismo se llega… Bueno, llegamos, mediante un proceso que podríamos llamar “de la tentación” o “de la irresistibilidad de la oferta”. Caemos en el vicio de a poco. Y la sociedad actual que, entre sus múltiples acepciones cuenta con la “de consumo”, genera el ambiente propicio para la incubación del “virus”. Pero, no es sólo la publicidad; no es sólo la creación de grandes centros de consumo, como son los “malls”; no es sólo la correspondencia diaria (esa que ya no incluye la carta de un amigo o de un pariente)  con su tremenda e indiscriminada  carga de ofertas  en  finos dípticos, trípticos o cartas personalizadas por un computador al que, día a día,  “le hacen tragar” un “mail”; no es sólo esa indignante invasión de la intimidad -que no trepida en comerle hasta el papel de su fax- para ofertarle los más variados viajes, cursos y productos, tan impensados, como “la última novedad” en máquinas depiladoras; no es sólo la agresividad con que un vendedor, entrenado para ser impertinente, insiste en introducirse en su casa o en su oficina para pretender venderle “cualquier exclusividad”, tangible o intangible; no es sólo la invención del día del padre, de la madre, del niño, de la amistad o, ahora, “del adulto mayor”, ni, tampoco, la transformación de la Navidad en el evento anual más importante del comercio… No es sólo todo eso, lo que genera el ambiente para el consumismo… Es, también, caer, inconscientemente, en la trampa de comprar y querer tener todo lo que le ofrecen, aunque no sea necesario… Es endeudarse para comprar lo que otros y poder mostrar que uno, también, lo tiene, o bien, que el modelo o la marca adquirido “es lo último en su generación”… Es comprar 20 libros grandes, gordos, caros, del mismo tamaño y con “el lomo rojo” para que, en un librero embutido en la muralla, hagan juego con el ornato general del living… Es crearse la necesidad de “tener que alcanzar” a otros en lo que tienen y ¡ojalá! superarlos, teniendo lo que no tienen… Es transformar la vida en una angustiosa carrera por “tener que hacer” o “tener que tener” lo que otros hacen o tienen para sentirse o ser considerado como “un igual”… Es creer que la felicidad se encuentra en “esa compra tan deseada” o en haber conseguido ¡por fin! el crédito para realizarla… Es creer que el amor a los hijos -y la felicidad de ellos- está en  regalarle la bicicleta más cara o el último “nintendo”… Es, en definitiva, responder, instintivamente, el llamado al consumo como al canto de las sirenas, sin saber ponerle límites en lo que nuestra materialidad, efectivamente,  necesita consumir.

La pérdida de la capacidad de asombro.

Nada parece asombrar, hoy día, por asombroso que sea. Ni las cosas más simples que siempre han sido motivo de asombro como la ordenación del universo, una puesta de sol, una tormenta eléctrica, la fuerza y la belleza de la naturaleza. Tampoco, los descubrimientos o inventos que cada día se producen. Ni la violencia que se nos muestra cada día, ni los signos de inmoralidad, amoralidad o corrupción que bullen, desde variados epicentros, como lava de un volcán en erupción.

La incapacidad de asombro es otra característica de la crisis de nuestros días…«todo puede ser, por tanto no hay de qué asombrarse»… Es el desencanto de vivir… es el símbolo de quienes pierden la esperanza…

La discución se ha cerrado.

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