Democracia Real

LA DEMOCRACIA FORMAL YA NO RESPONDE A LA REALIDAD SOCIAL

Artículos, Destacados, Sin Anestesia

El Estado no puede ser el solucionador de los problemas de  todos y a la medida de cada uno. Tampoco gobernar para grupos de presión en desmedro de las mayorías.

La democracia, en la concepción de los griegos, postulaba que el poder –“krátos”, “cracia”- provenía del «demos», o sea, del pueblo y su manera de ejercerlo se manifestaba por el consenso de los «ciudadanos libres» adoptado en las asambleas de la ciudad. De manera semejante, en la época colonial a través de los cabildos abiertos que integraban las elites criollas, básicamente para hacer frente a la burocracia real, con alguna influencia mayor, al aproximarse los procesos de independencia. Estos son ejemplos de «democracia directa» que, pese a todas sus imperfecciones, son demostrativos de que la titularidad del poder y su ejercicio permanecían unidos.

Las prácticas de democracia directa dejaron de ser viables, no sólo por el aumento explosivo de las población, sino que principalmente  por la demanda de una “democracia más amplia y plural”. Este hecho vino a consolidar la separación de la titularidad del poder de su forma de ejercerlo, provocando, así, el nacimiento de la democracia representativa. Una democracia indirecta en que el gobierno se ejerce a través de representantes, donde el poder se legitima por elecciones libres y periódicas y repugna su origen por la fuerza.

Sin embargo, en nuestros días, Nadie percibe que la democracia representativa denota un creciente cuestionamiento en el cómo ejercerla. En efecto, puede observarse que ya no está resultando suficiente la representatividad de quienes gobiernan en calidad de “delegados del pueblo”, porque más allá del legítimo juego de las mayorías y las minorías en que aquélla se desenvuelve, han surgido otros factores que influyen las decisiones de la autoridad elegida: presiones de grupos minoritarios pero poderosos, amenazas de poderes fácticos, tráfico de influencias, brotes de corrupción y una infinidad de otros elementos que distorsionan, no sólo su esencia que es la representatividad, sino que, también, sus fines; éstos, cuya concepción puede ser más subjetiva, pero que siempre llevan implícitos valores permanentes de la humanidad como la justicia, el bien común, la igualdad, la libertad y en las últimas décadas, los derechos humanos.

La democracia, en definitiva, seguirá siendo la utopía que es. Entonces, será el conflicto permanente –y ahora creciente- entre esa utopía y la demanda por «democracia real», el motor más eficaz y efectivo para provocar los cambios que esta última deba experimentar en el acontecer presente y hacia el futuro. Nadie se atreve a sostener que sin “agitar” su utopía, la «democracia real» se estanca. Se paraliza. Se le pone una «camisa de fuerza», porque hoy ya no resulta equitativo -y atenta contra toda estabilidad social y política- que la participación del pueblo sólo se exprese votando cada 4 ó 6 años para elegir sus representantes, mientras los controladores del poder económico que son quienes “mueven” el poder político están votando las 24 horas de todos los días en función de sus intereses personales o de grupo. 

No basta ya, pues, con la pura organización del Estado con tres poderes. Uno que gobierna, uno que legisla y otro que administra justicia. Nadie observa que la velocidad del acontecer social actual y de la globalización exige, por una parte, incorporar mecanismos mucho más equitativos e imperativos de «relación democrática» entre los países, a pesar de que posean culturas, creencias y religiones distintas y que, al mismo tiempo, vivan realidades muy diferentes, magnificadas por grandes desigualdades, pero que no pueden dejar de «coexistir» unidos por la inexorable evidencia de tener que compartir un mismo mundo cada vez más interdependiente. Y,  por otra parte, desde el punto de vista de la aproximación a las personas, sin duda, hay que fortalecer la democracia de las organizaciones sociales, comunitarias, regionales, vecinales y políticas, con el fin de acercar las decisiones  a ellas mismas, otorgándoles la autonomía necesaria y la capacidad de crecer en función de sus circunstancias e intereses, lo mismo que resolver directamente muchas de las dificultades que les afecten.

El Estado no es –o no puede seguir siendo- un ente “solucionador de los problemas de  todos y a la medida de cada uno”. No es resistible permanecer estancados en una democracia “formal” que gobierna, legisla y administra justicia para los grupos de interés que tienen capacidad de expresión y de presión, en desmedro de inmensas mayorías que pareciera que han sido acostumbradas a escuchar y a esperar más que a acceder a los derechos esenciales reconocidos a todas las personas, sin excepción, y que, en muchísimos casos, ni siquiera tienen conciencia de su titularidad para ejercerlos o exigir su ejercicio.

Nadie está pensando que la profundización de la democracia obliga, pues, a considerar otras variables, cuya dinámica e influencia proviene de la propia  percepción de las personas y de la mismísima realidad. Que los pueblos no pueden -y su protesta creciente demuestra que «no quieren»- dejar de ser ni de sentirse partícipes de su destino y de su propia vida, porque la estabilidad social y política que tanto se anhela, ya no la están dando los pocos que controlan el poder económico y financiero. Porque las leyes de la política y de la economía, simplemente, no funcionan cuando falta un elemento humano por excelencia que, a su vez, es de la esencia misma de la democracia: los romanos lo llamaban la “fiducia”, o sea, la confianza. La razón es muy sencilla: ambas disciplinas o artes –la economía y la política- están al servicio de las personas y no viceversa. Y, porque el modelo neoliberal que se ha posicionado en el mundo y su prédica de que la justicia social llega por el “chorreo” proveniente del crecimiento económico, no es, definitivamente, el propicio para humanizar la vida.

Nadie

La discución se ha cerrado.

Reglas del juego: La Guillotina está abierta a todos los pensamientos. El debate, junto con la posibilidad de disentir del otro, conlleva la crítica, el lenguaje directo o agudo, el humor y el uso de todas las figuras literarias que ilustren la expresión de las ideas. Tal libertad, exige, asimismo, que la discusión, aunque álgida y dura, sea respetuosa y atingente a los temas abordados. El llamado es a evitar comentarios ofensivos, discriminatorios o que atenten contra las personas y/o las instituciones. La Guillotina asume que quienes no respeten estos principios básicos corren el riesgo de la réplica y de quedar aislados.