LOS PARTIDOS SON ESENCIALES PARA LA DEMOCRACIA

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La convivencia en cualquier entidad, institución, grupo o comunidad, más que “vivirla”, hay que construirla. Con esfuerzo, con aprecio, generando estados de confianza, entregando y recibiendo. 

Los partidos políticos –al igual que las coaliciones de partidos- no escapan a la construcción de su convivencia y a su necesario y permanente enriquecimiento colectivo y, obviamente, al de cada militante. Es la fuerza que les permite plantearse con propiedad, con legitimidad y con credibilidad ante el pueblo al que buscan servir desde su visión del mundo, desde su utopía, desde la raíz de su pensamiento.

Nadie recuerda la parábola de los infusorios de Voltaire –a él se le atribuye- la cual nos enseña que no es nuevo el vicio de querer “adueñarse” de las instituciones por parte de “grupos” que participan de ellas.

Esa parábola dice así:

«En una gota de agua que era su todo,

reuniéndose en junta tres infusorios.

Y allí acordaron:

que fuera de la gota no había espacio;

que lo que ellos decían era lo cierto; y

que ellos eran los reyes, dueños de todo.

He ahí lo que acordaron tres infusorios.»

En la vida política actual, especialmente, al interior de los partidos –también  de las coaliciones- este vicio requiere el tratamiento urgente de las enfermedades graves. La existencia de “grupos” que buscan a su interior hacerse del poder interno para “ejercerlo en beneficio del grupo de cada uno”, termina socavando la finalidad esencial de la actividad política y desvirtúa la razón de ser de los partidos al ser manipulados hacia objetivos muy distintos de los que su naturaleza ordena y de aquellos que motivaron la adhesión de sus miembros o la simpatía de los cercanos. Nadie se atreve a llamar la atención de esa especie de «fuerza irresistible» que ha hecho que las tendencias naturales de pensamiento dentro de un partido, en lugar de motivar el debate para formular propuestas al país, haya ido mutando en cofradías o máquinas implacables, cuyo único norte –sin importar mucho el medio- pareciera ser el codiciado control de su nombre, de su timbre y de la campanilla de quien preside. En definitiva, transforma a los partidos en una lucha permanente entre un grupo que busca excluir a otro u otros… Y los partidos, obviamente no son la sumatoria de grupos irreconciliables. Eso, técnicamente, es un “no partido”.

Nadie quiere percibir y reclamar a los partidos que se deben al país. No a sí mismos. No a sus miembros. No a sus dirigentes. No a sus máquinas y cofradías internas. Son importantes para Chile. Para su vida política. Para que orienten y den gobierno al pueblo. Para que el pueblo les crea. Para que el pueblo pueda elegir. Nadie quiere exigir que al pueblo lo sigan llamando “PUEBLO” y no “la gente”. Eso. Eso, para que fortalezcan la democracia con la humildad que exige el ejercicio de las responsabilidades que los partidos tienen. 

No pueden seguir repitiendo luchas tan vergonzosas como aquéllas, sin cuartel, por quedarse con el cupo preferente de la “plantilla parlamentaria”. Dirán, gentileza del binominal… Pero igual, al final la votación popular ha terminado siendo sólo música. La verdadera elección la hacen, entre cuatro paredes y a oscuras -salvo los “batatazos”-, los que tienen el poder de “negociar” o imponer la famosa “plantilla”. ¿Vergüenza, no?…

Es necesario que nuestros partidos alimenten la discusión de las ideas inspiradas en sus valores y principios. Es sano que en este debate resurjan las tendencias de pensamiento, porque enriquecen la democracia interna y fortalecen su imagen ante el país.

Y es muy necesario y urgente, sobre todo cuando hay movilizaciones sociales potentes que buscan conducción política y respuestas políticas a sus inquietudes e intereses, dejar de lado las pugnas y deslealtades entre grupos o máquinas de poder y romper las egoístas gotas de agua en que se encapsulan.

Es imperdonable que dirigentes de los partidos políticos, también sus parlamentarios, gente preparada y con experiencia, se olvide que la vocación política y que la finalidad de los partidos es servir al país y no servirse a sí mismos o a su grupo.

La protesta y la movilización social hay que escucharla y asumirla desde dentro. No con pura prédica, análisis,  evaluaciones  o cálculos desde el Olimpo en que se sienten y al que se aferran por un afán casi hedonista, sin asumir el rol y las responsabilidades a que están llamados, lo que exige el esfuerzo de actuar con voluntad política y con consecuencia política.

Nadie

La discución se ha cerrado.

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