MEDIO AMBIENTE, EMPRESA Y GLOBALIZACIÓN, GLOBALIZACIÓN, CAMBIO Y DERECHO

MEDIO AMBIENTE, EMPRESA Y GLOBALIZACIÓN, GLOBALIZACIÓN, CAMBIO Y DERECHO

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GLOBALIZACIÓN, CAMBIO Y DERECHO

Las interrogantes.

La “globalización” y “el cambio” son las dos variables más “permanentes” del acontecer social que vivimos. Pero no sólo han sido determinantes en la brutal, asombrosa y apasionante transformación de la humanidad acaecida en los últimos dos siglos y, paralelamente, en el creciente deterioro del medio ambiente. Son, al mismo tiempo, dos factores que, en la dinámica del mundo de hoy, hacen imposible prescindir, desde otras perspectivas, de sus efectos y de sus consecuencias. De sus bondades y de sus imperfecciones. Ambos traen, también, consigo otra gran interrogante e incertidumbre respecto del futuro y de sus proyecciones. No sólo es el “¿hasta donde llegaremos con esto?”, sino que, también, de ¿cuánta más dependencia nos generará la necesidad de “no quedarse atrás» para no caer en la obsolescencia, o bien, no ser desterrados a la marginalidad?

Límites con la ética.

Buscando respuestas a estas interrogantes, surgen las que, inevitablemente, limitan con la ética. La velocidad del cambio y la globalización son tan vertiginosas que, en la práctica, agotan la capacidad de asombro o el tiempo necesario para asombrarse. Son asumidas, casi automáticamente, sin siquiera pensar o razonar a donde nos conducen. Surge, con ello, el riesgo de transformarnos en “monstruos” o que sus eventuales bondades muten derechamente en perversiones. Sin embargo, tratándose de dos fenómenos que no pueden ser calificados a priori de “buenos” o de “malos”, depende y dependerá siempre de nuestra conducta, individual y colectiva, que sean asumidos para el bien de cada uno y de la sociedad en su conjunto.

El cambio y la globalización exigen, pues, hoy día, sólidos y claros fundamentos éticos, tanto en quienes intervienen en su respectiva dinámica como en los que experimentan sus consecuencias. Especialmente, los Estados y sus autoridades, las organizaciones intermedias de la sociedad,  sus líderes, los empresarios y los medios de comunicación tienen una inconmensurable responsabilidad moral al enfrentar sus obligaciones y ejercer sus labores, funciones o actividades. La tienen, en las orientaciones e informaciones que entreguen, en su propio comportamiento y en las regulaciones y controles que hayan de establecerse para hacer posible “el buen uso” de los medios y herramientas que ambos fenómenos proporcionan.

Se ha dicho que en el siglo XXI, la gran discusión se centrará en la ética. Y, sin duda, tal afirmación cobra una poderosa vigencia, cuando observamos que las regulaciones y normativas que se dictan van quedando rápidamente obsoletas como consecuencia de las nuevas realidades que el cambio y la globalización, movidos por el avance de la ciencia y la tecnología, van presentando. Pensar, nada más, en las regulaciones para la utilización de internet es ya una tarea prácticamente imposible de abordar, si transitamos sólo por el camino de los tradicionales sistemas de control externo, como son las normativas legales y reglamentarias. Debe observarse que el futuro mediato e inmediato, habrá de ser enfrentado, cada vez más claramente, a través de la promoción de sistemas “de control interno”. Esto es, mediante el fortalecimiento de bases morales muy sólidas que muevan a la “autorregulación”  de nuestra conducta personal y social.

Velocidad del acontecer social versus capacidad de legislar.

Podemos ver como la gran demanda social de hoy día es que se dicten leyes y regulaciones. Para miles de cosas. Para que sancionen con mayor rigor la delincuencia y la corrupción,  para que protejan el medio ambiente, para que protejan al consumidor, para que el acceso a la Justicia sea más igualitario y ésta sea más eficaz. En fin, la suma de esas demandas se hace interminable. Sin embargo, se hace, también, cada vez, más difícil la tarea de legislar, porque la dinámica del acontecer social tiene una velocidad mucho mayor que el ritmo de la actividad legislativa. El entrampamiento de la sociedad actual tiene, también, que ver mucho con esto.

Y valga la siguiente reflexión.

Hasta hace dos siglos hacer un buen Código no requería más que un buen jurista para que sus disposiciones rigiesen, eficazmente y, por largo tiempo, en muchos lugares del mundo. Fue posible porque la dinámica del cambio social era muy lenta.  Pero, a partir de allí, cuando irrumpe el “boom” de la ciencia y la técnica, a mediados del siglo XIX y, con toda su potencia, a comienzos del XX,  dicha dinámica inició una vertiginosa aceleración, sin que el Derecho ni la actividad legislativa haya podido responder con una aceleración, necesariamente, proporcional o semejante. Desde esta perspectiva, podríamos afirmar que no es que el Derecho haya perdido o cambiado sus valores fundamentales de Justicia, Paz, Orden y Seguridad, sino que, en su respuesta al acontecer del siglo pasado y del que se inicia, no los ha podido reafirmar con la fuerza necesaria por haber carecido de instrumentos influidos, en lo más profundo, por las circunstancias sociales. Un Derecho estático que no es capaz de responder a los estímulos derivados de los cambios evolutivos y revolucionarios de la Sociedad tiende, irremediablemente, a perder su imperio y, seguramente, a ocasionar efectos desastrosos.

No sería aventurado afirmar que el Derecho no ha sabido enfrentar esa problemática que el mundo actual le presenta. Se acostumbró a los mecanismos legales que sirvieron hace ya tiempo y allí se quedó. Da la impresión que la cuidadosa red de normas que el Derecho tejió durante milenios se transformó, como consecuencia del brutal y constante cambio en el acontecer social, especialmente, a partir del siglo pasado, en una inmensa telaraña que lo ha atrapado y de la cual no ha sabido como salir, o bien, en la que yace aturdido por el impacto que significa tener que romper y modificar, sustancialmente, los modelos de regulación de la sociedad que ha ideado y desarrollado en el transcurso de la historia.

El cambio en las formas de vida es permanente y sin retorno.

Algo es definitivo. Las formas de vida y la vida misma del hombre experimentaron un cambio radical e irreversible en el último siglo y medio. La globalización como fenómeno de la última década es la reafirmación de ello. Por eso, la urgencia con que el Derecho debe compenetrarse profundamente en la problemática del mundo de hoy es incuestionable. Es mucho lo que tiene entregar para dar respuesta a tanto requerimiento.

Podría decirse, que corresponde al Estado, a sus órganos y sus líderes la gran tarea de buscar y encontrar, de manera oportuna, nuevos instrumentos de regulación social que respondan efectivamente a las realidades del presente y del futuro, pero el aporte de los juristas, de las universidades donde se forman los abogados y de las organizaciones gremiales a las que se afilian es decisivo. Sobretodo, en la validación y perfeccionamiento de esos nuevos instrumentos, porque no pueden estar exentos del sentido ético que inspira a los valores permanentes del Derecho.

Se trata de una tarea de estudio y de reflexión jurídica, filosófica y política. Probablemente, la de mayor urgencia social. Exige un gran esfuerzo para la comprensión de las nuevas realidades. Constituye un tremendo desafío  que políticos, juristas y cientistas sociales no pueden eludir, porque el debate ético que se está dando, a raíz del “cambio” y la “globalización”, lo mismo que de sus consecuencias, como lo es, entre otros, el deterioro medioambiental,  tiene uno de sus centros más neurálgicos, precisamente, en la búsqueda de caminos que hagan posible la convivencia social de la Humanidad.

NOTA: Los siguientes capítulos son: “PROFUNDOS CAMBIOS A LA DEMOCRACIA”

La discución se ha cerrado.

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