MEDIO AMBIENTE, EMPRESA Y GLOBALIZACIÓN, OTRAS DIMENSIONES DEL DETERIORO MEDIOAMBIENTAL.

MEDIO AMBIENTE, EMPRESA Y GLOBALIZACIÓN, OTRAS DIMENSIONES DEL DETERIORO MEDIOAMBIENTAL.

Artículos, Destacados, Medio Ambiente

OTRAS DIMENSIONES DEL DETERIORO MEDIOAMBIENTAL.

El agotamiento de los recursos naturales.

Muchísimas actividades generadas como consecuencia del avance científico y tecnológico, junto con tener su motivación esencial en el mero lucro, son causantes principales de la contaminación ambiental, de la destrucción de los recursos naturales y, también, de la escasez y agotamiento de estos últimos.

Hasta hace algunas décadas se creía que los recursos naturales eran inagotables. Y ello no era efectivo. Tan así es que desde hace años la humanidad debió asumir con responsabilidad y convicción los desafíos del agotamiento de los recursos naturales. Tal vez, desde que el economista británico Thomas Malthus, hace más de 200 años, en su “Ensayo sobre el principio de la población” (1798), sostuvo que “la población humana crece en progresión geométrica, mientras que los medios de subsistencia lo hacen en progresión aritmética”. Amparado en esta tesis, conocida como la “catástrofe maltusiana”, pronosticó hambrunas y miseria y que “la lucha entre la capacidad humana de reproducción y la producción de alimentos sería perpetua”.

Pues bien, es efectivo que el crecimiento de la población mundial incrementa los requerimientos de agua, de alimentos, de energía, de luz, de salud y del consumo de bienes y servicios para la satisfacción de necesidades que, valga la redundancia, son “necesarias”. Sin embargo, también, crece la de otras que, no siéndolo, son requeridas a causa de la oferta interminable de nuevas y, no pocas veces, exageradas comodidades. O bien, como efecto natural del consumismo desbocado, una de las enfermedades más graves y extendidas en estos tiempos, cuya cura está muy lejos de encontrarse y no la contempla ningún plan ni seguro de salud en el mundo. Este solo fenómeno demuestra cómo se aumenta la demanda y el consumo de los recursos naturales. Y esa realidad no tiene visos de cambiar. Basta observar los ritmos de crecimiento de India y China que, casi sin medida, devoran más y más energía y materias primas. No obstante el incremento de la demanda de bienes, es preciso destacar que la gran mayoría de los habitantes del planeta tiene un reducido acceso a los mismos, cuestión que, por otra parte, deja al desnudo las graves y profundas desigualdades e injusticias que presenta la realidad del acontecer social actual. La vida de los menos de hoy día, no puede ser a costa de la vida de los muchos más que son los pobres como, tampoco, de las generaciones futuras.


El neoliberalismo -que se ha impuesto por quienes detentan el gran poder económico y financiero- parte de la base que cada año hay que crecer y tener mayores y mejores resultados. Sin duda, esta cultura del “crecimiento sin límites” repugna  a la razón y al sentido común de quienes han tomado conciencia que el planeta Tierra tiene una capacidad real -u objetiva- de recursos naturales que es finita y que llegará un momento en que la escasez o su agotamiento quebrarán cualquier equilibrio que permita contener a su población.

Ya el informe preparado  por el Instituto Tecnológico de Massachussets, MIT. a petición del Club de Roma y que se publicó a comienzos de los setenta, precisamente, bajo el nombre de “Los Límites del Crecimiento”, contiene los primeros datos y antecedentes “duros”, describiendo la alarmante limitación de los recursos naturales no renovables y el anuncio del agotamiento de  muchos de ellos en plazos más bien breves.

Por mucho que dicho informe se haya dado “por superado”, su alerta sobre el fin de estos recursos fósiles es evidente. Y no hay muestras de la compresión de este fenómeno, de sus dimensiones y de su gravedad. Es difícil precisar el tiempo que resta para que el mundo pueda disponer de energía proveniente del petróleo, del carbón o de gas natural. La respuesta será dada por las reservas que existan y por la velocidad a que se consuman. No escapa, por ejemplo, ni al más precario sentido común que, cuando se vuelve  a explotar yacimientos abandonados de petróleo, porque habían dejado de ser rentables, se constata de manera indiscutible la creciente escasez de dicho recurso energético y de su consecuente encarecimiento. Desde el último tiempo más “explosivo” que “progresivo”. Podrá decirse que el precio del petróleo se disparó tras la invasión de Irak, pero hay evidencias ciertas en estudios muy serios que ya se sobrepasó el cenit de la producción petrolífera. La certeza de estos estudios se comprueba con el simple hecho de que “desde hace décadas, se extrae mucho más petróleo del que se descubre…”. Por eso, la preocupación se ha centrado en imaginar las consecuencias de un mundo de baja energía. (Fernando Ballenilla. “El Ecologista”. Verano de 2004)

De modo similar ocurre con la escasez de otros recursos fósiles de creciente demanda y producción -no energéticos y potencialmente “recuperables”- pero que su explotación exige gran consumo de energía. Suficientes es observar como minas de cobre paralizadas por décadas, acumulaciones en inmensas “tortas” de mineral considerado de “baja ley” o el reciclaje de desechos con cobre ya utilizado, se empieza a transformar –a pesar de sus cada vez más altos costos de producción- en actividades rentables con la perspectiva de seguirlo siendo, hasta que el cobre no sea necesario o, simplemente, su precio se torne inalcanzable. 

Por otra parte, resulta evidente que los desequilibrios se potencian mutuamente. Por ejemplo, en  los últimos 100 años, el planeta ha perdido casi la mitad de su superficie forestal y, antecedentes entregados por la FAO, indican que se sigue consumiendo, cada año, más de 11 millones de hectáreas de bosques nativos con especies que, muchas veces, tardan más de doscientos años en volver a crecer. Así, no sólo se agudiza el efecto invernadero por la menor absorción de dióxido de carbono sino que disminuyen, también, los recursos hídricos. Esos últimos, porque la desaparición de los bosques aumenta, también, la erosión por el libre correr de las aguas lluvia, lo que, por un lado,  facilita las inundaciones y, por el otro, afecta las aguas que deben filtrarse en la tierra para reponer las napas subterráneas.

En definitiva, la problemática es muchísimo más compleja que solamente pensar, por ejemplo, qué acontecerá cuando el petróleo se agote. De hecho, ha nacido el temor de algunos que se atreven a proyectar en las conclusiones de sus estudios que no se agote lo suficientemente rápido como para poner bajo control y “dentro de plazo” la velocidad con que se está provocando el calentamiento global originado por su combustión. (Mark Lynas, 2004).

El agotamiento de los recursos naturales y la interdependencia de todos los problemas ambientales no hacen posible pensar en soluciones aisladas a alguno o algunos de ellos. Los expertos han señalado que los caminos de solución apuntan a la adopción conjunta y concertada de medidas tecnológicas y de cambios en el comportamiento individual y colectivo lo que conlleva, a su vez, profundas modificaciones en los estilos de vida y en la forma de asumir la Política.

La explotación del mundo subdesarrollado. El mito del crecimiento económico como factor esencial de la justicia social.

La prédica neoliberal, sustentada en el poder económico- financiero,

ha ido imponiendo como un dogma que el término de las inmensas desigualdades sociales, económicas y culturales; que una mejor distribución de la riqueza -o de la pobreza-; que el establecimiento de la igualdad de oportunidades, y que, en definitiva, el logro de una mayor justicia social, solamente se alcanzará mediante el crecimiento económico, la atracción de inversionistas con nuevas tecnologías y grandes capitales, la integración a la economía global y la eficiencia competitiva de las empresas. La imposición mediática de esta concepción como “única” salida a la situación de subdesarrollo y de las dramáticas condiciones de vida de la mayoría de la población mundial termina por establecer la falaz creencia de que para llegar a ser desarrollados, los países más pobres y  atrasados tienen que seguir los mismos pasos dados por aquellos que ya lograron el estatus de tales.

No obstante, si se observa con un mínimo de agudeza la vida real de los miles de millones de hombres, mujeres y niños que integran aquel mundo del subdesarrollo, la conclusión evidente será que la “imposición mediática de esa falaz creencia” es un disfraz más, utilizado por el propio poder del dinero que domina el planeta, para apoderarse o explotar sin piedad los grandes recursos naturales que poseen los países más pobres y que escasean en los más ricos, o bien, instalar industrias contaminantes que, en estos últimos, están prohibidas o su instalación termina siendo de altísimos costos, atendiendo a las estrictas exigencias se la legislación. De este modo, se explota, mediante la ilusión de un espejismo, la urgente necesidad por desarrollarse.

Por ejemplo, Chile, un país halagado al que se presenta como “modelo ordenado de desarrollo”, deja en evidencia muchísimos casos que demuestran este aserto. Algunos de ellos:

Uno: A lo menos, tres grandes empresas mineras, una en Illapel, otra en Antofagasta y otra en la cordillera de Iquique, se llevan el mineral en bruto, o sea, el concentrado de cobre para refinarlo y hacer las grandes utilidades fuera del país.

Dos: La explotación de plantas de celulosa en la zona sur (fenómeno que se repite en otros países sudamericanos como Brasil), atendiendo a los bajísimos costos que tiene el consumo de medio ambiente. En efecto, nada ha impedido el reemplazo de la milenaria flora natural con el fin aprovechar las favorables condiciones de la tierra que posibilitan una rápida maduración y renovación de los bosques madereros. No ha habido consideración alguna por la erosión de las tierras y sus consecuencias como el cambio del cauce y el embancamiento de los ríos. Tampoco por la contaminación química de las aguas dulces. Sin duda, condiciones como éstas son desproporcionadamente ventajosas frente a las exigencias para el montaje de tales plantas en los países desarrollados, debido a las severas exigencias ambientales que se han establecido, como son por ejemplo, la aplicación, en toda la Unión Europea, de sistemas libres de uso de cloro en la producción de pasta de celulosa.

De esta manera, podrá observarse que la explotación de la minería del cobre, del montaje de plantas de celulosa, de la industria pesquera, la forestal y muchas otras en un país como Chile, llega a reflejar, en cifras, elevadísimas inversiones; sin embargo, es muy poco lo que dejan. En efecto, escasas fuentes de trabajo en relación con el monto de las inversiones (en la planta extractiva de cobre en la zona de Illapel se invirtió 1.500 millones de dólares para emplear 500 trabajadores, o sea, la creación de cada puesto de trabajo costó 3 millones de dólares); grave afectación del medio ambiente en los lugares donde se realizan las instalaciones industriales y se evacúan o acumulan sus desechos, altamente tóxicos y contaminantes; “cero” desarrollo de industrias relacionadas con las referidas actividades. En definitiva, volvemos a lo que ha sido la historia de los países subdesarrollados: grandes inversiones para el montaje de actividades extractivas de riqueza natural, o productoras de materias primas o, en otros casos, manufactureras para aprovechar los bajísimos costos de la mano de obra, cuyos resultados se reflejan, al final, en un escaso aporte al desarrollo, a su sustentabilidad, a la creación de fuentes laborales dignamente remuneradas y a la disminución de las desigualdades sociales, económicas, culturales y de oportunidades.

Cabe observar el ejemplo de la voracidad con que, desde Chile, se “exporta” la producción del concentrado de cobre, esto es, sin siquiera refinarlo, y comparar los beneficios que deja al país frente a la cosecha de graves afectaciones, deterioro y contaminación del medio ambiente.

  

El deterioro social.

El deterioro social es otro rostro del deterioro del medio ambiente, sobretodo en el mundo más pobre. Su naturaleza como elemento de afectación medioambiental es diferente a los demás, porque se palpa en el ambiente mismo de la vida cotidiana y no es, propiamente, una manifestación “física” de contaminación de la naturaleza y  el medio ambiente.  El fenómeno puede observarse con mucho mayor nitidez en las grandes urbes. Sobretodo, en aquellas que se expanden sin -o con muy poca- planificación. 

Se expresa  en cuestiones como la congestión  y la pérdida del sentido de comunidad. Hay que sumar a estos fenómenos el individualismo competitivo y egoísta que se predica y se fomenta desde el modelo neoliberal de sociedad, al igual que la desconfianza creciente en las autoridades y en los líderes sociales y políticos.

Una grave omisión en esta sumatoria de factores “ambientales”, sería no incluir a los medios masivos de comunicación social, en especial la TV, que practican un periodismo o emiten programaciones basadas, por una parte, en la entretención y la “farándula” que “adormece” al público y, por la otra, informa con imágenes concertadas que no destacan más de 20 noticias diarias, las más de las veces, transmisoras o generadoras de inseguridad o incertidumbre colectiva. Este diseño de comunicación masiva, evidentemente no es casual, sino que ha sido concebido para “encapsular” a las personas en una sola gran burbuja, fuera de la cual nada más existe o acontece, aunque la realidad que vivan y experimenten esas mismas personas esté muy lejos de aquel mundo encapsulado que se exhibe o destaca.  No hay duda que aminoraría los nocivos y peligrosos efectos del deterioro social, si las capacidades y la inteligencia en la conducción de los medios de comunicación masivos se inspirara más en valores vinculados al espíritu humano que en el materialismo impuesto desde los bolsillos de quienes detentan el poder económico. 

  

La “bipolaridad” creada entre el mundo de las imágenes que se transmiten o comunican y el mundo real que viven las personas, está afectando, también, la convivencia y los estados de confianza entre quienes comparten un mismo trabajo, actividad o vecindario. 

Una clara comprobación de la referida “bipolaridad” se aprecia, también, en el doble estandar entre el discurso y la acción que, muchas veces, se visualiza en el comportamiento de autoridades y líderes sociales o políticos. En tales casos, aquel “doble estandar” no proviene solamente de eventuales conductas hedonistas, apartadas de la ética o amorales, sino que, simplemente, inducido e inspirado por el mundo de las imágenes en que sustentan el discurso y la prescindencia o desconocimiento del mundo real al que se aplican las decisiones que adoptan. El resultado, obviamente, tenderá a  ser incoherente.

Las causas y consecuencias del deterioro social son materia de muchísimas aristas y los estudios sobre ellas se multiplican día a día, existiendo a la mano alternativas de consulta para profundizar en ellas con bastante más propiedad que en este ensayo. Sin embargo, es necesario señalar que un mundo en el que el crecimiento demográfico obliga cada día a alimentar, educar y dar salud, a más y más personas; en el que el avance de la tecnificación y el creciente proceso de urbanización despersonalizan o “anonimizan” al hombre; en el que la escasez de recursos naturales crea condiciones originadoras o agudizantes de conflictos internacionales;  en el que la aceleración con que camina el acontecer actual impide la reflexión serena y alienta la acción instintiva o “mecánica”; en el que agobian las presiones de innumerables sectores de interés por lograr soluciones a sus diversos problemas, casi siempre inspirados en el mero egoísmo del grupo o mezquinas ambiciones personales, económicas o políticas; en el que, por otra parte, la miseria, la ignorancia, la desnutrición, el bajísimo nivel económico, social y cultural de más de la mitad de la población mundial, por lo demás, sin posibilidades de expresión colectiva, se presenta con angustiosos o trágicos caracteres, está llegando a constituirse en un mundo, cuyo ambiente se muestra cargado de fuentes productoras de incertidumbres, tensiones, desconfianza, egoísmos, odio y violencia, elementos todos en los cuales se diluye cualquier esbozo del sentido de comunidad y de solidaridad exigido imperiosa e imperativamente para llegar a una más justa, equitativa y pacífica solución de los dramáticos problemas que le acosan.

Imagen: http://www.wwf.cl/
NOTA: Los siguientes capítulos son: “EMPRESA Y MEDIO AMBIENTE.”, “GLOBALIZACIÓN, CAMBIO Y DERECHO”, “PROFUNDOS CAMBIOS A LA DEMOCRACIA”

La discución se ha cerrado.

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