MEDIO AMBIENTE, EMPRESA Y GLOBALIZACIÓN, PROFUNDOS CAMBIOS A LA DEMOCRACIA.

MEDIO AMBIENTE, EMPRESA Y GLOBALIZACIÓN, PROFUNDOS CAMBIOS A LA DEMOCRACIA.

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PROFUNDOS CAMBIOS A LA DEMOCRACIA

Siempre ha existido una suerte de consenso en el sentido de que no hay un mejor sistema de regulación de la convivencia social que la democracia, a pesar de sus múltiples imperfecciones y visiones divergentes en su manera de concebirla y de llevarla a la práctica. No obstante, los razonamientos del capítulo precedente en torno a la necesidad de cambiar los sistemas de regulación del acontecer social conducen, obviamente, a la necesidad de profundizar los valores que inspiran la democracia y a la  generación de nuevas formas o instituciones que pongan en sintonía su ejercicio con las exigencias del mundo real actual, muy distante de la Grecia antigua y, también, alejadas de las formas que fue adoptando a raíz del crecimiento de los pueblos.

Una breve síntesis permite observar que el principio central de la democracia, en la concepción de los griegos, postulaba que el poder –“krátos”, “cracia”- provenía del «demos», o sea, del pueblo y su manera de ejercerlo se manifestaba por el consenso de los ciudadanos. En la Grecia antigua se ejercía en las asambleas de la ciudad y, de manera parecida, en la época colonial de la América Latina conquistada, a través de los cabildos abiertos. La democracia en aquella Grecia era directamente ejercida en asambleas conformadas por los “ciudadanos libres”. Los cabildos abiertos los integraban las elites criollas que hacían frente a la burocracia real. Decrecieron en importancia cuando la realeza comenzó a subastar los cargos municipales, provocando así, una “aristocracia criolla” que cerró los cabildos a la sola participación de los que habían comprado los cargos. Los cabildos abiertos sólo retomaron una mayor fuerza con la participación de los “vecinos calificados”, al aproximarse los procesos de independencia de los pueblos americanos.

En estos ejemplos de democracia directa, por imperfecta que fuere y, a pesar de lo distante en la historia, tuvieron en común que la titularidad del poder y su ejercicio permanecían unidos.

Sin embargo, desde hace a lo menos dos siglos, las prácticas de democracia directa, a pesar de la incorporación de mecanismos como el referéndum o los plebiscitos, dejó de ser viable, debido, sencillamente, al aumento explosivo de las población en todos los pueblos del mundo y a la demanda de una “democracia más amplia y plural”. Este hecho, evidentemente, consolidó la separación de la titularidad del poder de su forma de ejercerlo, provocando, así, el nacimiento de la llamada democracia representativa. Una democracia indirecta en que el gobierno se ejerce a través de representantes. Pasó, pues, a ser de la esencia que el poder sea legítimo cuando su generación provenga de elecciones libres y periódicas.

Ahora bien, la percepción de la democracia representativa en los tiempos actuales, cada vez, denota, por parte de los pueblos, un mayor contraste con el “cómo” creen o se imaginan que debiera ser. Hoy día, puede observarse que ya no está resultando suficiente la representatividad de quienes gobiernan en calidad de “delegados del pueblo”, porque más allá del legítimo juego de las mayorías y las minorías en que aquélla se desenvuelve, han surgido nuevos factores –y actores- que están influyendo las decisiones de la autoridad elegida. Presiones de grupos minoritarios pero poderosos, amenazas de poderes fácticos, tráfico de influencias, brotes cada vez más agudos de corrupción y una infinidad de otros elementos que distorsionan, no sólo su esencia que es la representatividad, sino que, también, sus fines; ésos, cuya concepción puede ser más subjetiva, pero que siempre llevan implícitos valores permanentes de la humanidad como la justicia, el bien común, la igualdad, la libertad y en las últimas décadas, los derechos humanos.

La democracia, en definitiva, seguirá siendo la utopía que es. Entonces, será el conflicto permanente –y ahora creciente- entre esa utopía y la democracia real, el motor más eficaz y efectivo para provocar los cambios que esta última deba experimentar en el acontecer presente y hacia el futuro.

Es necesario acostumbrarse –o empezar a acostumbrarse- a que sin “agitar” su utopía, la democracia real se estanca. Se inmoviliza. No es ya equitativo y atenta contra toda estabilidad social que la participación del pueblo sólo se exprese votando cada 4 ó 6 años para elegir sus representantes, mientras los controladores del poder económico -que son los que “mueven” el poder político- están votando las 24 horas de todos los días en función de sus intereses personales o de grupo. 

No basta ya con la pura organización del Estado con tres poderes. Uno que gobierna, uno que legisla y otro que administra justicia. La velocidad del acontecer social actual exige, por una parte, incorporar mecanismos mucho más imperativos de regulación democrática entre los países, a pesar de que posean culturas, creencias y religiones distintas y que, al mismo tiempo, vivan realidades muy diferentes, magnificadas por grandes desigualdades, pero que no pueden dejar de estar unidos por la inexorable evidencia de tener que convivir y compartir un mismo mundo globalizado, cada vez más interdependiente. Y,  por otra parte, desde el punto de vista, de la aproximación a las personas, sin duda, hay que fortalecer formas de democracia más directas o participativas en organizaciones sociales, comunitarias, regionales, vecinales, gremiales y políticas, con el fin de acercar las decisiones  a ellas mismas, otorgándoles la autonomía necesaria y la capacidad de crecer en función de sus circunstancias e intereses, lo mismo que resolver, en sus propias instancias, muchas de las dificultades que les afecten.

El Estado no es –o no puede seguir siendo- un ente “solucionador de los problemas de  todos y a la medida de cada uno”. No es resistible permanecer estancados en una democracia “formal” que gobierna, legisla y administra justicia para los grupos de interés que tienen capacidad de expresión y de presión, en desmedro de inmensas mayorías que pareciera que han sido acostumbradas a escuchar y a esperar más que a acceder o gozar de los derechos esenciales reconocidos a todas las personas, sin excepción, y que, en muchísimos casos, ni siquiera tienen conciencia de su titularidad para ejercerlos o de exigir su ejercicio.

La profundización de la democracia obliga, pues, a considerar otras variables, cuya dinámica e influencia proviene de la propia  percepción de las personas y de la mismísima realidad. Los pueblos no pueden dejar de ser ni de sentirse partícipes de su destino y de su propia vida, porque la estabilidad social que tanto se anhela no la dan los pocos que controlan el poder político, a través del poder económico y financiero. Porque las leyes de la política y de la economía, simplemente, no funcionan cuando falta un elemento humano por excelencia que, a su vez, es de la esencia más profunda de la democracia: los romanos lo llamaban la “fiducia”, o sea, la confianza. La razón es muy sencilla: ambas disciplinas o artes –la economía y la política- están al servicio de las personas y no viceversa. Y, porque el modelo neoliberal que se ha posicionado en el mundo y su prédica de que la justicia social llega por el “chorreo” proveniente del crecimiento económico, no es, definitiva y evidentemente, un “modelo político” de organización de las sociedades y de los Estados -tampoco un sistema económico- propicio para humanizar la vida.

La discución se ha cerrado.

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